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LA DICTADURA DEL CHIRO

Acudimos al vergonzoso espectáculo del poder en Latinoamérica, un culto a la ramplonería y el mal vestir, el poder se legitima desde el teatro de lo popular, que resulta en una caricatura populachera donde verse mal es la herramienta de las elites políticas para asimilarse al vulgo (al cliché de vulgo), que no es reflejo del día a día del grueso de la población.

Es mas fácil encontrar un Bogotano bien vestido en las calles, que encontrarlo en el imaginario de quienes lo gobiernan. El ejemplo local es la constante en todos los gobernantes de la región, Petro con la chaqueta blanca repetida en su ejército de clones-funcionarios, brillan en las calles del centro de la ciudad chaquetas que cuestan tanto al erario público como al buen gusto, bordadas en los colores de la Bogotá humana, símbolo del orgullo por vivir en una ciudad que a todos los demás nos genera vergüenza (gracias a ellos).

Y de ahí saltamos a los casos nacionales, Santos, un burgués autodenominado “traidor de su clase” sale en televisión justificando sus políticas neoliberales, no sin antes despojarse de la corbata para mostrar cercanía e informalidad, cómo si la cercanía fuera un problema de formas y la informalidad la cura a la distancia entre ciudadanos y gobiernos, el síndrome se expande, es la dictadura del chiro, el que más mal se vista mejor gobernante se siente, porque la televisión es reina en la democracia y juzgamos lo que vemos.

Los expertos politólogos de laboratorio que miden las percepciones antes que las promesas incumplidas, proliferan por Latinoamérica, son los gurús de la anti moda, del mal gusto, del vístete mal y triunfarás.

Mirando a Venezuela, en palabras de Zalamea Venezuela la rica, la riquísima, la mil veces rica. Se culpa a la izquierda de los peores males, pero se pasa por alto el de una guerra entablada con la derecha, que respondió el golpe de la sudadera de Chávez erigiendo como símbolo una cachucha dotada del mismo nacionalismo ramplón, y derecha e izquierda hacen la guerra sucia más cruenta de la región y libran sus batallas mediáticas envueltos en la bandera (en forma de chaqueta, gorra, camisa y hasta zapatos) para despertar empatía y liberar las pasiones más primarias en sus seguidores. La riqueza de Venezuela es la pobreza de sus líderes al vestir, todo lo demás se lo feriaron.

Hablemos del popular Mujica… me atrevo a riesgo propio a mentar su santo nombre en vano. Este ser que se muestra humilde y primario es el más aventajado de los populistas latinoamericanos, su discurso ya no es para la televisión sino para el YouTube un medio más cercano a la gente, donde su actitud apocada y de anciano sabio es la epitome de los virales, como viral es su disfraz de pobre, porque pobre no es.

Hay que salir en bata y chancletas haciendo fila en un hospital antes que procurar las políticas para que nadie haga fila en los hospitales, eso sí que haya un fotógrafo cerca para garantizar las primeras planas y los memes. Este monumento al mal gusto se pasea por el mundo dando discursos moralistas en sus ropajes de mendigo para garantizar la fama. Señor Mujica un buen vestido y camisa se los puede confeccionar cualquier sastre local, eso lo sabría usted si se bajara del podio de su falsedad y se diera una vuelta por las casas de los trabajadores que dice representar, créame, a diferencia suya, ellos no son ricos y no van al trabajo en pijama.

Y después de esta triste bofetada vámonos a uno que despierta menos simpatía, a ver si me redimo, Daniel Ortega , este es otro de chaquetas, no blancas como las de Petro sino de cuerina negra, o una camisa blanca sin cuello para evitar la corbata y ofrecer un sobrio telón de fondo a la primera dama y su abuso de los accesorios, que según ella misma son creación de los artesanos locales, lo que por alguna razón desconocida le parece justificación para usarlos en exceso y a espaldas de la elegancia.

Y así podemos seguir por toda la fauna y flora de mal vestidos que nos gobiernan, porque acá no hay gobernante que se salve, la fórmula mágica se repite patria tras patria, tiñendo el mapa de un color desconocido en el mundo del estilo pero fácilmente identificable en los cursillos de mercadeo político que garantizan el éxito electoral en tres sencillos pasos: vístase mal, hable mal, compórtese peor.

No importa como gobierne, del rio Bravo a la Patagonia se estableció hace años el imperio del mal gusto, un imperio sin emperador, gobernado por la informalidad, en labores que deberían tener como punto de partida el respeto por la forma, pero donde se descubrió que la anti forma es el mejor disfraz para las porquerías que hacen en el fondo, por que nos gobiernan como se visten.

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